Cita con Rama de Arthur C. Clarke

El hecho de querer valorar justamente en Goodreads los grandes clásicos que leí de pequeño me está obligando a releer deliciosas obras maestras.

En esta ocasión ha sido Cita con Rama, de Arthur C. Clarke. Pocas obras han tenido su impacto, fue devorado por el público y siempre viajó acompañada de grandes críticas. Ganó tras su publicación en 1973 múltiples premios, destacando el Premio Nébula, el Premio Hugo y el Premio Locus. Tuvo continuación más de 15 años después, pero el propio Clarke siempre afirmó que no pensó en hacer una saga, a pesar de la fantástica y sugerente última frase de la novela.

El ritmo de la novela es trepidante, cuenta mucho e insinúa muchísimo más. Es verdaderamente historia de la Ciencia Ficción, y un ejemplo brillante, meritorio y asombroso, planteando realidades alternativas inimaginables pero totalmente viables y justificadas desde cualquier plano científico, social o político. Es una obra clave, y 40 años después de su publicación sigue planteando misterios y dilemas que podrían ser reales y llegar en un futuro no muy lejano.

El interior de Rama, según Monomorphic
El interior de Rama, según Monomorphic — (Wikimedia Commons, Dominio Público)

Ha despertado en mí incluso algunas ideas para planes presentes o futuros. Es extraño que no lea más obras de este autor, todo hasta ahora me ha maravillado (empezando por 2001: A Space Odissey).

Totalmente recomendable, y además se lee muy rápido. Apuesto a que si leen este fragmento (es el inicio del libro, no son spóilers) querrán conocer lo que pasa a continuación.

Fue en esta contingencia cuando las computadoras comenzaron a lanzar su señal "Tenemos algo interesante", y por primera vez 31/439 captó la atención de los seres humanos. Hubo una breve ráfaga de excitación en el centro de operaciones de Vigilancia Espacial y el vagabundo interestelar fue pronto honrado con un nombre en lugar de un simple número. Mucho tiempo atrás los astrónomos habían agotado las mitologías griega y romana; ahora estaban recorriendo el panteón hindú. Y así, 31/439 fue bautizado "Rama".

Durante unos días, los medios de difusión armaron gran alboroto alrededor del visitante, pero la escasez de información los ponía en desventaja. Sólo dos hechos se conocían acerca de Rama: su órbita insólita y su tamaño aproximado. Aún esto último era simplemente una conjetura, basada en la fuerza del eco del radar. A través del telescopio, Rama aparecía aún como una débil estrella de decimoquinta magnitud, demasiado pequeña para mostrar un disco visible. Pero mientras se precipitaba hacia el corazón del sistema solar, se tornaría más brillante y grande de mes en mes; antes de que se desvaneciera para siempre en el espacio, los observatorios orbitales podrían reunir información más precisa acerca de su forma y dimensiones. Había tiempo de sobra, y tal vez durante los próximos años alguna nave espacial en el curso de sus actividades normales se acercaría lo suficiente a Rama como para obtener buenas fotografías. Un encuentro verdadero era improbable; el costo de la energía necesaria, para permitir el contacto físico con un objeto que atravesaba las órbitas de los planetas a más de cien mil kilómetros por hora, sería demasiado alto.

En consecuencia, el mundo se olvidó pronto de Rama. No así los astrónomos. La excitación de estos aumentó con el correr de los meses, mientras el nuevo asteroide los obsequiaba con más y más enigmas.

Para empezar, estaba el problema de la curva de luz de Rama. No la tenía.

Todos los asteroides conocidos, sin excepción, mostraban una lenta variación en su brillo, que aumentaba y disminuía en un lapso de horas. Desde hacía más de dos siglos, ésto se reconocía como el resultado inevitable de su rotación y de su forma irregular. Mientras giraban a lo largo de sus órbitas, las superficies reflejadas que presentaban al Sol cambiaban de continuo y su brillo variaba de acuerdo con ello.

Rama no mostraba tales cambios. O bien no giraba, o era perfectamente simétrico. Ambas explicaciones parecían improbables.

El asunto quedó paralizado durante varios meses, porque no se podía distraer a ninguno de los grandes telescopios orbitales de su tarea regular de husmear en las remotas profundidades del universo. La astronomía del espacio era una afición muy costosa, y utilizar uno de los grandes instrumentos podía fácilmente costar mil dólares el minuto. El doctor William Stenton jamás habría podido echar mano del Miralejos, el reflector de doscientos metros durante todo un cuarto de hora, si un programa más importante no hubiera sido interrumpido temporalmente como consecuencia del fallo de un capacitador de cincuenta centavos. La mala suerte de un astrónomo supuso buena fortuna para Stenton.

Stenton no supo qué había captado hasta el día siguiente, cuando consiguió tiempo de computadora para procesar los resultados obtenidos. Aun cuando éstos fueron finalmente proyectados en su pantalla, tardó varios minutos en comprender su significado.

La luz del sol reflejada sobre la superficie de Rama no era, en fin de cuentas, absolutamente constante en su intensidad. Existía una muy ligera variación, difícil de detectar pero inconfundible y extremadamente irregular. Como el resto de asteroides, Rama giraba. Pero mientras el día normal de un asteroide era de varias horas, el de Rama sólo duraba cuatro minutos.

Stenton hizo algunos cálculos rápidos, y le costó mucho creer en los resultados. En su ecuador, ese mundo diminuto debía estar girando a más de mil kilómetros por hora. Seria muy poco aconsejable intentar un descenso en cualquier punto de Rama excepto en sus polos, ya que la fuerza centrífuga en el ecuador sería lo bastante poderosa como para sacudirse de encima cualquier objeto suelto a una aceleración de casi gravedad uno. Rama era un canto rodado al que jamás habría podido adherirse ningún moho cósmico. Asombraba pensar que un cuerpo semejante hubiese logrado mantenerse en el espacio, que no se hubiera desintegrado mucho antes en un millón de fragmentos.

Un objeto que medía cuarenta kilómetros de largo, con un período de rotación de apenas cuatro minutos... ¿dónde encajaba eso dentro del esquema astronómico? El doctor Stenton era un hombre un tanto imaginativo, también un tanto propenso a sacar conclusiones precipitadas. Ahora había llegado a una conclusión que durante unos minutos hizo que se sintiera bastante incómodo.

[...]

Cualquier masa estelar que se introdujera en el sistema solar alteraría por completo las órbitas de los planetas. La Tierra sólo tenía que moverse unos pocos millones de kilómetros hacia el sol, o hacia las estrellas, para que el delicado equilibrio del clima se rompiera. Los hielos antárticos se derretirían anegando las tierras bajas, o los océanos se helarían y el mundo entero quedaría envuelto en un invierno eterno. Un simple empujoncito en una u otra dirección bastaría...

Luego Stenton se relajó y lanzó un suspiro de alivio. Qué tontería; debería avergonzarse de sí mismo.

Rama no podía en manera alguna estar formado de materia condensada. Ninguna masa del tamaño de una estrella podía penetrar tan profundamente en el sistema solar sin producir perturbaciones que hubieran revelado su existencia mucho antes. Las órbitas de todos los planetas habrían sido afectadas; no de otra manera —a fin de cuentas— se había efectuado el descubrimiento de Neptuno, Plutón y Persefone. No; era absolutamente imposible que un objeto tan pesado como un sol muerto pudiera haberse deslizado en el espacio interplanetario sin que se reparara en él.

En cierto modo, era una lástima. Un encuentro con una estrella oscura habría sido de lo más excitante.

Mientras durase…

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