La Guerra de los Mundos

Acabo de terminar la relectura de este mítico libro, La Guerra de los Mundos, que publicó H.G. Wells en 1898.

Quizá mi costumbre de fliparme con los sitios abandonados venga de la primera vez que lo leí. En este relato, la Desolación es un personaje más. No cuesta mucho imaginarse el Sur de Inglaterra totalmente arrasado, gracias a las generosas descripciones.

Como en muchos otros casos, la importancia del libro aumenta exponencialmente si tenemos en cuenta el lejano momento de su publicación.

Mitad advertencia, mitad ficción, para este relato que tomaría gran impulso en 1938 cuando un Orson Welles de 20 años sumió los E.E.U.U. en el pánico con su versión radiofónica.

Tenía que volver a leerlo después de tanto tiempo, ahora que van a estrenar la película de Spielberg y Cruise. De la que tampoco espero mucho, por otra parte.

La historia da para mucho más, pero con lo que ofrece es suficiente. Me temo que en la peli meterán mucho subproducto hollywoodiense.

Totalmente recomendable, imprescindible como tantos otros, con la ventaja de poder leerse en poco tiempo.

Os dejo con la primera aparición del famoso rayo calórico.

La Guerra de los Mundos
Herbert George Wells

La Guerra de los Mundos de H.G. Wells[...]
De pronto, hubo un destello de luz y una cierta cantidad de luminoso humo de color verdoso brotó del hoyo en tres bocanadas distintas, que se elevaron, una tras otra, rectas en el tranquilo aire.

Este humo (quizá «llama» fuera una palabra más adecuada) resultaba tan brillante que el cielo azul profundo y las brumosas extensiones de pastos comunales hacia Chertsey, salpicadas de negros pinos, parecieron oscurecerse bruscamente a medida que ascendía, y siguieron oscuros tras su dispersión. Al mismo tiempo se escuchó un débil silbido.

Más allá del hoyo, la pequeña cuña de gente, con la bandera blanca por delante, se detuvo ante ese fenómeno, formando un reducido grupo de pequeñas figuras verticales negras sobre el oscuro terreno. A medida que ascendía el humo verde, sus rostros destellaron con un olor verde pálido que se desvaneció de nuevo cuando aquel desapareció.

Luego, lentamente, el silbido se convirtió en un zumbido, en un largo y poderoso fragor. Una figura jorobada se alzó del hoyo con penosa lentitud y el fantasma de un rayo de luz pareció parpadear desde ella.

De inmediato, brotaron del disperso grupo de hombres destellos de auténticas llamas, un brillante resplandor que saltaba de uno a otro. Fue como si un chorro invisible incidiera sobre ellos y los convirtiera en una llama blanca. Fue como si cada hombre se hubiera convertido repentina y momentáneamente en fuego.

Luego, a la luz de su propia destrucción, vi como se tambaleaban y caían, y cómo quienes los seguían daban media vuelta y echaban a correr.

Me detuve con los ojos clavados en la escena, sin darme cuenta todavía de que aquello era la muerte saltando de hombre a hombre en aquella pequeña y lejana multitud. Todo lo que sentí fue que había algo extraño. Un destello de luz casi silencioso y cegador, y un hombre caía de bruces y yacía inmóvil; y, a medida que el invisible rayo calórico pasaba sobre ellos, los pinos estallaban en llamas, y cada seco arbusto se convertía con un sordo sonido en una masa de fuego. Y muy lejos, hacia Knaphill, vi el destello de los árboles, los arbustos y los edificios de madera repentinamente incendiados.

Esta muerte flamígera, esta invisible e inevitable espada calórica, efectuaba su barrido de forma rápida y firme. La vi acercarse hacia mí por el estallido de las llamas de los arbustos que tocaba. Me encontraba demasiado sorprendido y estupefacto para moverme. Oí el crujir del fuego en los hoyos de arena y el repentino relincho de un caballo que fue alcanzado. Luego fue como si un dedo invisible pero intensamente ardiente fuera atraído por los brezos que había entre los marcianos y yo, y, a lo largo de una línea curva más allá de los hoyos de arena, el oscuro terreno humeó y crujió. Algo cayó con un fuerte ruido, muy lejos hacia la izquierda, allá donde el camino que viene de la estación de Woking se abre paso a los pastos comunales. Después de esto, el siseó y el zumbido cesaron, y el objeto negro con forma de cúpula se perdió de la vista hundiéndose lentamente en el interior del hoyo.
[...]

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